Manifiesto

 

¿Cómo comenzó la idea de crear obras de percepción sinestésica? Todo comenzó con lo que para nosotros -Daniel Papaleo y Hector Tassino- fue una “experiencia”.

Estábamos exponiendo en una universidad, muy conformes sobre el modo en que se estaba desarrollando nuestra actividad. Pero un día nos informaron que un grupo de no-videntes  se golpearon con las obras ya que estas colgaban del techo sin tocar el piso. Era evidente que las obras de arte, para ellos, eran obstáculos a sortear. Nunca hasta ese momento pensamos que el arte podía ser un obstáculo, así es que desde entonces comenzamos a averiguar sobre  algún método a partir del cual esas personas pudieran llegar a la percepción de las obras.

Un poco de ciencia…… Comenzamos a investigar y entonces observamos que el universo es una pulsación constante que provoca vibraciones y que estas vibraciones se traducen en sonidos, color, formas,  ondas, etc.  Las vibraciones viajan y se esparcen a distintas velocidades y direcciones  transportando información del  objeto emisor.  También los  objetos responden a las vibraciones que les llegan desde diferentes emisores develando sus formas,  tamaño y materialidad.

Muchos animales y algunos seres humanos tienen la habilidad de ubicarse emitiendo sonidos. A este fenómeno se lo conoce como “ecocolocación”  o “ecolocalización”. Fue en este punto donde nos detuvimos; lo investigamos más y fue así que decidimos realizar obras escultóricas que aprovecharan herramientas que los no-videntes usan con resultados sorprendentes.

Conseguimos incluirlos en el disfrute de una obra escultórica  más allá de la relación háptica. Sin tocar las obras, podían  sentirlas a través de los sonidos que ellas desprendían. Las vibraciones de sonidos de diferentes alturas -desde los más graves hasta los más agudos- resonaban en la piel y en los huesos (siendo particularmente receptivas las cavidades aéreas de los huesos del rostro y del pecho). Es decir que ahora los no-videntes no sólo están incluidos en la experiencia del arte sino que pasan a tener un don mayor al del espectador común para la percepción de las obras.

Estudiamos el uso de algunos dispositivos específicos como  la repetición y secuencia que subrayaban formas y  materialidades. Pero lo que resultó sin duda fundamental fue la impronta sonora; así algunas partes de las esculturas emitían sonido. A lo estético-visual se sumó entones lo estético-sonoro (estético en el sentido de sensible).

Es decir que trabajamos sobre el concepto de sinestésia (sin = con y estesia = sensación) experimentando con obras “vibrotáctiles” en las que se unían sensaciones provenientes de diferentes órganos, concretamente del oído y del tacto. A partir de esas sensaciones los no videntes podían imaginar, es decir que podían crear imágenes en su imaginación.

Inclusivas e interactivas las esculturas sinestéticas activan varias dimensiones de la percepción que exceden nuestra percepción habitual, facilitada por la vista. Fue a apasionante constatar cómo la sensación propia de un sentido determinaba una sensación propia de otro sentido. Así, los sentidos no visuales provocaban algo similar al sentido visual: imágenes. Un sonido chillón se convertía en verde y un plano rugoso en marrón, por ejemplo.

Paradójicamente, en las artes visuales ya no hace falta lo visual. Más cuando sabemos que el sonido es una dimensión que supera la luz. El sonido irá modelando formas y distancias; entonces ya no hará falta luz para relacionarse con el volumen escultórico.

Es enorme la capacidad de las obras sinestésicas de penetrar en la mente y el espíritu del observador haciéndolo vibrar,  recorriendo su cuerpo y azuzando su mente, provocando una interpretación particular única en cada individuo.

Con los ojos abiertos o cerrados pero tocando su corazón y abriendo su mente